Un conjunto de síntomas recurrentes nos obliga, de nuevo,
a imaginar, recordar, proyectar y construir instituciones. Las fechas que
señalan los acontecimientos pueden servirnos de brújula para entender el
carácter de necesidad que presenta la cuestión de la creación institucional, en
particular en el espacio político europeo: el 1 de enero de 1994, cuando el
EZLN se levantó en armas contra el gobierno mexicano y contra el poder
neoliberal en el mundo. Son ya más de 13 años los que han pasado desde aquel
acontecimiento decisivo para la salida de los que Félix Guattari denominara
«años de invierno». Más cercanas en el tiempo están las jornadas de Génova, los
20-22 de julio de 2001, que sin duda marcaron un punto de inflexión en la
capacidad de creación política del llamado movimiento de movimientos. La
declaración de guerra al movimiento por parte del G8 (vía el gobierno
Berlusconi) y, en el mismo año, la instalación del régimen de guerra global
tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York, pusieron punto y
final al espacio político democrático que el movimiento global estaba
construyendo y que tuvo en Seattle, el 30 de noviembre de 1999, su
acontecimiento fundador. Como sabemos, el movimiento contra la guerra en Irak
fue calificado por el New York Times, como la «segunda potencia
mundial», pero esta vez se trataba de la potencia de la opinión pública, de un
nuevo polo de influencia en las «democracias de opinión», es decir, de una
potencia domesticada, neutralizada. Han pasado seis años desde entonces, y el
espacio político in nuce que prefiguraban los movimientos, y que hasta
ahora tan sólo experiencias como el Euromayday han conseguido mantener
abierto, parece cerrarse a pasos agigantados, sobre todo desde que,
paradójicamente, el rechazo del TCE por parte de las y los votantes en Francia
y Holanda reforzase el carácter no democrático, puramente confederal e
intergubernamental, de la construcción europea, Sarkozy docet.
Así, pues, impotencia política, debilidad organizativa y
disipación de la subjetividad o, dicho de otra manera, crisis de la producción
de subjetividad, de su consistencia y de su autoorganización. Tales parecen ser
los rasgos centrales de la crisis de la forma movimiento en el territorio
europeo, lo que se traduce en buena medida en su incapacidad, en primer lugar,
para construir batallas locales y regionales que expresen relaciones de fuerza,
en particular en el terreno de la precarización de la renta y de los derechos
sociales, y en términos generales en la lucha contra una governance
íntimanente ligada a la movilización general productiva, al workfare y
al warfare que informa hoy las «políticas sociales» y las relaciones
laborales en el continente cuyo centro de gravedad es la Unión europea. Éste es
el drama de las expresiones políticas que ven en la experiencia de la precariedad
un foco de subjetivación política general y un terreno de reinvención de la
lucha de clases adecuada a la hegemonía de lo que se ha venido denominando
«capitalismo cognitivo». Pero en segundo lugar se traduce en el empobrecimiento
tendencial de la creación política y de sus dimensiones de enunciación
(discursiva-significante, poética, tecnomaquínica, institucional). No creo que
suponga una exageración la siguiente afirmación: las promesas y los primeros
ensayos de fauve renouveau han cedido el protagonismo, hasta nueva
orden, al sentido común populista y conformista, así como a su opuesto
simétrico, el sectarismo ideológico presa del delirio de binarización total,
rasgos ambos de una vieja política de la «resistencia» y de las «amplias
alianzas», vieja ferralla de la época del socialismo como (poder de) gestión
alternativa de la relación de capital. Un corte transversal de las distintas
«familias» o polaridades que compusieron el «movimiento de movimientos» en
Europa puede confirmarnos, con extraordinarias excepciones, esta situación
difícil de confesar y de plantear como problema público.
Con arreglo a este breve apunte de «coyuntura», ¿qué
utilidad, o qué fuerza heurística puede ofrecernos la temática de las
instituciones, de su creación y/o destitución? No poca, sobre todo si somos
capaces de circunscribir problemas concretos en situaciones concretas y
actuales, al mismo tiempo que enmarcamos y contextualizamos el inmenso acervo
de la crítica y de la teoría de las instituciones en la coyuntura presente,
marcada por la neutralización de la potencia constituyente de los movimientos
de lucha, y en un medio en el que la vida es tan política como productiva, de
tal suerte que sólo formalmente podemos establecer distinciones entre la
politización de la existencia de individuos y colectivos y las matrices de
nueva potencia productiva (fuera de y/o contra el valor-medida), o bien, desde
el punto de vista de la capacidad de captura y control de las singularidades
cooperantes, las tecnologías y dispositivos del biopoder en red sólo pueden
determinar secuencias de valor económico con arreglo a una relación social
entre sujetos, entre individuos creativos, capaces de afectarse unos a otros,
de ejercer un poder (y por ende una modificación de su actitud) de unos sobre
otros, con arreglo a relaciones móviles y dentro de una abertura espacio
temporal, la del mercado generalizado de las formas de vida, que es también la
dimensión, decisiva, del proyecto, en el que todas las competencias del
sujeto deben concatenarse para realizar, en la finitud del espacio y del
tiempo, los objetivos de autovalorización de sí mismo. En este sentido, la
forma individuo resulta tan esencial para esta ontología neoliberal de la
producción y del gobierno como su riqueza de relaciones, interacciones,
experiencias, etc. Cabe plantear la hipótesis de que, para este individuo
productivo, el régimen de guerra en tanto que elemento de su mundo de la vida
funciona, dentro de determinados parámetros de estabilidad de su vida, como un
cúmulo de riesgos e incertidumbres, de déficit de información, de miedo y
esperanza, ciertamente, pero también como un acicate para su rendimiento en la
red de la movilización total productiva, como una constante confirmación de la
finitud y la fragilidad de su proyecto
de sí mismo.