lunes, 7 de noviembre de 2011
ENTREVISTA CON Anselm Jappe sobre el decrecimiento
¿A qué atribuye usted el “boom” del discurso sobre el
decrecimiento?
En realidad, la parte del público que actualmente es sensible al discurso del decrecimiento es aún bastante restringido. Sin embargo, esta parte está creciendo. Ello refleja una toma de conciencia frente a los desarrollos más importantes de los últimos decenios: sobre todo la evidencia que el desarrollo del capitalismo nos arrastra hacia una catástrofe ecológica y que no serán unos nuevos filtros o unos coches menos contaminantes los que resolverán el problema. Hay un recelo difuso incluso respecto a la idea de que un desarrollo económico perpetuo sea deseable y al mismo tiempo una insatisfacción con las críticas al capitalismo que reprochan esencialmente su distribución injusta de la riqueza o solamente sus excesos, como las guerras y las violaciones de los “derechos humanos”. El interés por el concepto de decrecimiento traduce la impresión creciente de que es toda la dirección del viaje emprendido por nuestra sociedad la que es falsa, por lo menos desde hace unos decenios. Y que estamos ante una “crisis de civilización”, de todos sus valores, también en el nivel de la vida cotidiana (culto al consumo, la rapidez, la tecnología etc.).
Hemos entrado en una crisis que es económica, ecológica y energética al mismo tiempo y el discurso sobre el decrecimiento considera todos estos factores en su interacción en vez de querer reactivar el crecimiento con “tecnologías verdes”, como lo hace una parte del ecologismo, o de proponer una gestión diferente de la sociedad industrial, como lo hace una parte de la critica heredera del marxismo.
El decrecimiento gusta también porque propone modelos de comportamiento individual que se pueden empezar a practicar hoy y aquí, pero sin limitarse a ellos, y porque redescubre virtudes esenciales como la convivialidad, la generosidad la sencillez voluntaria y la donación. Pero atrae igualmente por su rostro amable, que hace creer que se puede alcanzar un cambio radical con un consenso generalizado, sin atravesar antagonismos y evitando fuertes enfrentamientos. Se trata de un reformismo que se quiere auténticamente radical.
En realidad, la parte del público que actualmente es sensible al discurso del decrecimiento es aún bastante restringido. Sin embargo, esta parte está creciendo. Ello refleja una toma de conciencia frente a los desarrollos más importantes de los últimos decenios: sobre todo la evidencia que el desarrollo del capitalismo nos arrastra hacia una catástrofe ecológica y que no serán unos nuevos filtros o unos coches menos contaminantes los que resolverán el problema. Hay un recelo difuso incluso respecto a la idea de que un desarrollo económico perpetuo sea deseable y al mismo tiempo una insatisfacción con las críticas al capitalismo que reprochan esencialmente su distribución injusta de la riqueza o solamente sus excesos, como las guerras y las violaciones de los “derechos humanos”. El interés por el concepto de decrecimiento traduce la impresión creciente de que es toda la dirección del viaje emprendido por nuestra sociedad la que es falsa, por lo menos desde hace unos decenios. Y que estamos ante una “crisis de civilización”, de todos sus valores, también en el nivel de la vida cotidiana (culto al consumo, la rapidez, la tecnología etc.).
Hemos entrado en una crisis que es económica, ecológica y energética al mismo tiempo y el discurso sobre el decrecimiento considera todos estos factores en su interacción en vez de querer reactivar el crecimiento con “tecnologías verdes”, como lo hace una parte del ecologismo, o de proponer una gestión diferente de la sociedad industrial, como lo hace una parte de la critica heredera del marxismo.
El decrecimiento gusta también porque propone modelos de comportamiento individual que se pueden empezar a practicar hoy y aquí, pero sin limitarse a ellos, y porque redescubre virtudes esenciales como la convivialidad, la generosidad la sencillez voluntaria y la donación. Pero atrae igualmente por su rostro amable, que hace creer que se puede alcanzar un cambio radical con un consenso generalizado, sin atravesar antagonismos y evitando fuertes enfrentamientos. Se trata de un reformismo que se quiere auténticamente radical.
EL CRIMINAL - Albert Libertad (1906)
¡EL CRIMINAL ES EL ELECTOR!
Tú
eres el criminal, oh Pueblo, puesto que tú eres el Soberano. Eres, bien
es cierto, el criminal inconsciente e ingenuo. Votas y no ves que eres
tu propia víctima.
Sin embargo, ¿no has
experimentado lo suficiente que los diputados, que prometen defenderte,
como todos los gobiernos del mundo presente y pasado, son mentirosos e
impotentes?
¡Lo sabes y te quejas! ¡Lo sabes y los
eliges! Los gobernantes, sean quienes sean, trabajaron, trabajan y
trabajarán por sus intereses, por los de su casta y por los de sus
camarillas.
¿Dónde y cómo podría ser de otro modo? Los gobernados son subalternos y explotados; ¿conoces alguno que no lo sea?
Mientras
no comprendas que sólo de ti depende producir y vivir a tu antojo,
mientras soportes –por temor- y tú mismo fabriques –por creer en la
autoridad necesaria- a jefes y directores, sábelo bien, también tus
delegados y amos vivirán de tu trabajo y tu necedad. ¡Te quejas de todo!
¿Pero no eres tú el causante de las mil plagas que te devoran?
Te
quejas de la policía, del ejército, de la justicia, de los cuarteles,
de las prisiones, de las administraciones, de las leyes, de los
ministros, del gobierno, de los financieros, de los especuladores, de
los funcionarios, de los patrones, de los sacerdotes, de los
propietarios, de los salarios, del paro, del parlamento, de los
impuestos, de los aduaneros, de los rentistas, del precio de los
víveres, de los arriendos y los alquileres, de las largas jornadas en el
taller y en la fábrica, de la magra pitanza, de las privaciones sin
número y de la masa infinita de iniquidades sociales.
Te
quejas, pero quieres que se mantenga el sistema en el que vegetas. A
veces te rebelas, pero para volver a empezar. ¡Eres tú quien produce
todo, quien siembra y labora, quien forja y teje, quien amasa y
transforma, quien construye y fabrica, quien alimenta y fecunda!
¿Por
qué no sacias entonces tu hambre? ¿Por qué eres tú el mal vestido, el
mal nutrido, el mal alojado? Sí, ¿por qué el sin pan, el sin zapatos, el
sin hogar? ¿Por qué no eres tú tu señor? ¿Por qué te inclinas,
obedeces, sirves? ¿Por qué eres tú el inferior, el humillado, el
ofendido, el servidor, el esclavo?
¿Elaboras todo y no posees nada? Todo es gracias a ti y tú no eres nada.
Me
equivoco. Eres el elector, el votante, el que acepta lo que es; aquel
que, mediante la papeleta de voto, sanciona todas sus miserias; aquel
que, al votar, consagra todas sus servidumbres.
Eres
el criado voluntario, el doméstico amable, el lacayo, el arrastrao, el
perro que lame el látigo, arrastrándote bajo el puño del amo. Eres el
sargento mayor, el carcelero y el soplón. Eres el buen soldado, el
portero modelo, el inquilino benévolo. Eres el empleado fiel, el devoto
servidor, el campesino sobrio, el obrero resignado a su propia
esclavitud. Eres tu propio verdugo. ¿De qué te quejas?
Eres
un peligro para todos nosotros, hombres libres, anarquistas. Eres un
peligro igual que los tiranos, que los amos a los que te entregas, que
eliges, a los que apoyas, a los que alimentas, que proteges con tus
bayonetas, que defiendes con la fuerza bruta, que exaltas con tu
ignorancia, que legalizas con tus papeletas de voto y que nos impones
por tu imbecilidad.
Tú eres el Soberano, al que se
adula y engaña. Te encandilan los discursos. Los carteles te atrapan;
te encantan las bobadas y las fruslerías: sigue satisfecho mientras
esperas que te fusilen en las colonias y que te masacren en las
fronteras a la sombra de tu bandera.
Si lenguas
interesadas se relamen ante tu real excremento, ¡oh Soberano!; si
candidatos hambrientos de mandatos y ahítos de simplezas, te cepillan el
espinazo y la grupa de tu autocracia de papel; si te embriagas con el
incienso y las promesas que vierten sobre ti los que siempre te han
traicionado, te engañan y te venderán mañana; es que tú mismo te pareces
a ellos. Es que no vales más que la horda de tus famélicos aduladores.
Es que, no habiendo podido elevarte a la consciencia de tu
individualidad y de tu independencia, eres incapaz de liberarte por ti
mismo. No quieres, luego no puedes ser libre.
¡Vamos, vota! Ten confianza en tus mandatarios, cree en tus elegidos.
Pero
deja de quejarte. Los yugos que soportas, eres tú quien te los impones.
Los crímenes por los que sufres, eres tú quien los cometes. Tú eres el
amo, tú el criminal e, ironía, eres tú también el esclavo y la víctima.
Nosotros,
cansados de la opresión de los amos que nos das, cansados de soportar
su arrogancia, cansados de soportar tu pasividad, venimos a llamarte a
la reflexión, a la acción.
Venga, un buen
movimiento: quítate el estrecho traje de la legislación, lava rudamente
tu cuerpo para que mueran los parásitos y la miseria que te devoran.
Sólo entonces podrás vivir plenamente.
¡EL CRIMINAL es el Elector!
domingo, 6 de noviembre de 2011
SERGE LATOUCHE: "La gente feliz no suele consumir"
Nacido en Vannes (Francia) hace 70 años, ante un público que le escuchaba sentado hasta en los pasillos de acceso al salón de actos del Colegio Mayor Larraona de Pamplona, subrayaba ayer noche que el actual ritmo de crecimiento económico mundial es tan insostenible como el deterioro y la falta de recursos en el planeta.
Invitado por el
colectivo Dale Vuelta-Bira Beste Aldera, y bajo el título de su conferencia El
decrecimiento, ¿una alternativa al capitalismo? , reclamó que la sociedad
establezca una autolimitación de su consumo y de la explotación medioambiental.
Desde su punto de vista no se trata de plantear una involución sino acoplar la
velocidad de gasto de los recursos naturales con su regeneración.
Especialista en
relaciones económicas Norte / Sur, premio europeo Amalfi de sociología y
ciencias sociales, su movimiento decrecentista, nacido en los años 70 y
extendido en Francia, defiende la sobriedad en la vida y la preservación de los
recursos naturales antes de su agotamiento. A su juicio, si el decrecimiento no
es controlado "el decrecimiento que ya estamos experimentando" será
consecuencia del hundimiento de una forma de capitalismo insostenible, y además
será desmesurado y traumático.
Una bomba semántica.
Afirma Serge Latouche que el término decrecimiento es un eslogan, "una
bomba semántica provocada para contrarrestar la intoxicación del llamado
desarrollo sostenible", una forma de pensamiento, la sostenibilidad,
extendida por el economicismo liberal de los años ochenta, y que propicia pagar
por todo, "por ejemplo, en el caso del trigo, obliga a pagar por los
excedentes, por su almacenamiento y también hay que pagar por destruir los
sobrantes". "Deberíamos hablar de A-crecimiento", dijo como una
invitación hacia la reflexión sobre nuestro estilo de vida, incluso sobre la
exhibición de los superfluo y el enriquecimiento desmesurado.
Desde su punto de
vista "vivimos fagotizados por la economía de la acumulación que conlleva
a la frustración y a querer lo que no tenemos y ni necesitamos", lo cual,
afirma, conduce a estados de infelicidad. "Hemos detectado un aumento de
suicidios en Francia en niños", agregó, para aludir más adelante a la
concesión por parte de los bancos de créditos al consumo a personas sin sueldo
y patrimonio como sucedió en Estados Unidos en el inicio de la crisis económica
mundial. Para el profesor Latouche, "la gente feliz no suele
consumir".
Sus números como
economista aseguran que le dan la razón: cada año hay más habitantes en el
planeta a la vez que disminuyen los recursos, sin olvidar que consumir
significa producir residuos y que el impacto ambiental de un español equivale a
2,2 hectáreas, y que cada año se consumen 15 millones de hectáreas de bosque
"esenciales para la vida". "Y si vivimos a este ritmo es porque
África lo permite", subrayó. Para el profesor Latouche, cualquier
tipo de escasez, alimentaria o de petróleo, conducirá a la pobreza de la
mayoría y al mayor enriquecimiento de las minorías representadas en las grandes
compañías petroleras o agroalimentarias.
Trabajar menos y
producir de forma inteligente. Tachado por sus detractores de ingenuo, postuló
trabajar menos y repartir el empleo, pero trabajar menos para vivir y cultivar
más la vida, insistió. Desde un proyecto que calificó como "ecosocialista",
además de consumir menos, la sociedad debería consumir mejor, para lo cual
propuso producir cerca de donde se vive y de forma ecológica para evitar que
por cualquier puesto fronterizo entre España y Francia circulen hasta 4.000
camiones a la semana "con tomates de Andalucía cruzándose con tomates
holandeses". Finalizó con una alabanza al estoicismo representado en
España por Séneca: "No se obtiene la felicidad si no podemos limitar
nuestros deseos y necesidades".
ENTREVISTA CON S. LATOUCHE
viernes, 4 de noviembre de 2011
LA LEY del número - Ricardo Mella (1899)
CAPÍTULO I
SUPERSTICIÓN
Y SUPERCHERÍA DEL SUFRAGIO
A la gran
superstición política del derecho divino de los reyes, dice Spencer, ha
sucedido la gran superstición política del derecho divino de los parlamentos.
“El óleo santo ‑añade‑ parece haber pasado inadvertidamente de la cabeza de uno
a las cabezas de muchos, consagrándolos a ellos y a sus derechos”.
Examinemos esta gran
superstición que ha inspirado al primero de los filósofos positivistas tan
elocuentes palabras.
El origen de los
parlamentos, ya se trate de países monárquicos, ya de republicanos, es la
voluntad de la mayoría, por lo menos teóricamente. Al propio tiempo, la
supremacía del mayor número descansa en su derecho indiscutible a gobernar
directa o indirectamente a todos. Se dice, y apenas es permitido ponerlo en
duda, que la mayoría ve más claro en todas las cuestiones que la minoría, y
que, siendo muchas cosas comunes a todos los hombres, es lógico y necesario que
los más sean los que decidan cómo y en qué forma se han de cumplir los fines generales.
De aquí resulta una
serie de consecuencias rigurosamente exactas.
La mayoría de los
habitantes de un país tiene el derecho de reglamentar la vida política,
religiosa, económica, artística y científica de la masa social. Tiene el
derecho enciclopédico de decidir sobre todas las materias y disponer de todo a
su leal saber y entender. Tiene el derecho de afirmar y negar cuanto le plazca
a cada instante, destruyendo al día siguiente la obra del día anterior. En
política, dicta leyes y reglas a las cuales no es permitido escapar. En
economía, determina el modo y forma de los cambios, reglamenta la producción y
el consumo y permite o no vivir barato, según su voluntad del momento. En
religión, pasa sobre las conciencias e impone el dogma a todo el mundo bajo
penas severas y mediante contribuciones onerosas. En artes y ciencias, ejerce
el monopolio de la enseñanza y el privilegio de la verdad oficial.
Ella decide y fija
las reglas higiénicas y la conducta moral que deben seguirse, cuáles funciones
sociales corresponden al grupo y cuáles al individuo, en qué condiciones se ha
de trabajar, adquirir riquezas, enajenar bienes, cambiar las cosas y
relacionarse con las personas. Finalmente, y como digno remate, premia y
castiga, y es acusador, abogado y juez, dios todopoderoso que se halla en todas
partes, todo lo dispone y sobre todo vigila, atento y celoso.
Estas deducciones
nada tienen de exageradas una vez admitido que la ley del número es la suprema
ley.
Mas, como las
mayorías no pueden realizar por sí tantas cosas, como no les es dable ocuparse
a diario en tan múltiples cuestiones, surge necesariamente el complemento de la
ley, la delegación parlamentaria. Y, al efecto, por medio de las mayorías, se
elige también delegados o representantes que, constituidas en corporación,
asumen todos los poderes de sus representados, o más bien los del país entero,
y así es cómo se genera el poder omnipotente, el derecho divino de los
parlamentos.
Y he aquí que, en el
seno de esas cámaras o asambleas de los escogidos, se aplica de nuevo la ley
radical del número y por mayoría se decretan las leyes a fin de gobernar
sabiamente los intereses públicos y privados, que a tanto alcanza la
omnisciencia de los legisladores. De este modo, un puñado de ciudadanos
medianamente cultos, vulgarotes las más de las veces, alcanza la gracia de la
suprema sabiduría. Higiene, medicina, jurisprudencia, sociología, matemáticas,
todo lo poseen, porque el espíritu santo de las mayorías se cierne
constantemente sobre sus cabezas. Tal es la teoría en toda su desnudez.
Tienese por
temerario discutirla, por locura negarla. La imbecilidad argumenta injuriando.
Pero la sabiduría
expresa la verdad. “El pueblo soberano ‑dice el positivista‑ designa a sus
representantes y crea el gobierno”.
“El Gobierno, a su
vez, crea derechos y los confiere separadamente a cada uno de los miembros del
pueblo soberano, de donde emana. ¡He ahí una obra maravillosa de escamoteo
político!”
Mas, el escamoteo no
para en esto. Extiende sus dominios hasta lo más hondo de los sistemas
políticos, porque, una vez afirmada la ley de las mayorías, se convierte, como
veremos muy pronto, en una tremenda ficción que permite a unos cuantos
encaramarse en la cucaña del poder, dictar e imponer a un pueblo entero su
voluntad omnímoda.
Tratemos, pues,
antes de hacer la crítica de la ley, de penetrar este misterio político,
poniendo ante los ojos del lector la realidad que encierra.
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